Tres ensayos sobre lo que nos forma y no se puede fotografiar: los lugares, el deseo y la ausencia. Prosa lírica en español, firmada por Guillaume Arès.
Entrar en el mapaLos mapas invisibles que forman quiénes somos
La casa de la infancia, la ciudad que dejamos, el paisaje que se volvió carácter. Un ensayo sobre los lugares que no visitamos: los que nos habitan.
«Uno no es de un punto, sino de una manera de estar en los puntos.»
Catorce mujeres, catorce formas de desear
Catorce retratos en primera persona: sus formas, sus silencios, sus verdades incómodas. Ensayo confesional, sin moralejas y sin permiso.
«El deseo no se cuenta: se confiesa, y siempre en voz baja.»
Lo que dejan los que se van
Catorce objetos, catorce formas de la ausencia: un sillón que nadie ocupa, un número que ya no suena, un abrigo que se va quedando sin olor.
«Toda casa habitada durante años está amueblada dos veces: una con lo que se ve y otra con lo que falta.»
Sucede sin aviso.
Caminas por una ciudad donde nunca habías estado. Doblas una esquina cualquiera, el sol cae oblicuo entre dos edificios, hay un olor a piedra mojada o a jazmín o a algo que no sabes nombrar, y entonces, antes de cualquier pensamiento, antes de que la mente alcance a registrar lo que ocurre, algo dentro de ti se detiene y dice, sin palabras: aquí.
No qué hermoso. No me gusta este sitio. Solo: aquí.
Como si el cuerpo reconociera un idioma que la mente había olvidado.
Este libro empieza ahí. En esa pausa minúscula en la que el tiempo deja de avanzar durante una fracción de segundo y algo muy antiguo dentro de nosotros confirma una pertenencia que no entendemos. Le ocurre a cualquiera que haya viajado. A cualquiera que haya regresado al pueblo de su infancia veinte años después. A cualquiera que haya entrado en una catedral medieval o en un bosque de niebla o en una habitación vacía donde otra vida transcurrió antes que la suya.
Lo extraño no es la sensación. Lo extraño es lo poco que la hemos pensado.
Durante siglos, la filosofía la trató con condescendencia, como un asunto sentimental indigno de análisis serio. La ciencia la ignoró por completo. Los poetas la cantaron sin explicarla. Y mientras tanto, cualquier ser humano que haya perdido un hogar, que haya cruzado fronteras, que haya envejecido en el mismo dormitorio donde nació, sabe que esta clase de preguntas son de las más reales que existen. Son preguntas sobre qué somos. Sobre dónde estamos cuando creemos que simplemente vivimos.
La tesis de este libro es sencilla y, si se la examina con honestidad, perturbadora: los lugares no son el escenario sobre el que ocurre nuestra vida. Son la materia de la que está hecha nuestra conciencia. Nos forman. Nos recuerdan. Nos contienen. Los lugares nos habitan tanto como nosotros los habitamos, y cada uno de nosotros lleva dentro, sin saberlo, una cartografía invisible —un mapa hecho de espacios reales y soñados, vividos y heredados, encontrados y aún por encontrar— que determina, mucho más de lo que sospechamos, quiénes somos.
Toda identidad, en el fondo, es una geografía sedimentada.
Ese mapa interior se construye en cuatro estratos. El más profundo lo deposita el cuerpo antes del lenguaje: la temperatura de ciertos materiales, la proporción de ciertos espacios, la calidad de cierta luz que aprendimos a asociar con la seguridad o con el peligro cuando aún no sabíamos nombrar nada. Sobre él se acumula otra capa, más visible y culturalmente cambiante, hecha de lugares que nunca pisamos pero que las historias —los cuentos, las novelas, las películas, las leyendas familiares— instalaron en nosotros con la fuerza de lo real. París antes de París. El mar antes del mar. Más abajo opera una tercera capa, la más silenciosa: los lugares que heredamos sin haber estado nunca en ellos, transmitidos por generaciones que se fueron y no volvieron, presentes en el tono con que los abuelos pronunciaban un nombre. Y por encima de todas ellas, dinámica y cambiante, una cuarta: los lugares que aún no conocemos pero que ya hemos construido en la imaginación del deseo, como hipótesis de una vida más cierta.
Estas cuatro capas no se turnan. Se superponen. Cuando llegamos a un lugar nuevo, las cuatro están activas a la vez: el cuerpo registra, la narración espera, la herencia reconoce, el deseo compara. Aprender a distinguir cuál de ellas habla en cada instante es una de las formas más profundas que existen de conocerse a uno mismo.
Lo que sigue no es un tratado. No hay aquí respuesta cerrada ni doctrina que aprender. Las respuestas definitivas sobre la experiencia humana huelen siempre a reduccionismo, a la voluntad de cerrar lo que debería quedar abierto. Lo que hay es una exploración —fenomenológica, psicológica, literaria— de un fenómeno que nos concierne a todos y que llevamos demasiado tiempo dejando sin pensar.
Este libro fue escrito para ese lector que alguna vez se detuvo en un lugar desconocido y sintió, sin poder explicarlo, que algo en él lo conocía desde antes. Para esa persona que al recordar ciertos paisajes siente algo parecido a la nostalgia, aunque no haya nada que recordar. Para todos los que han comprendido, al regresar a un lugar querido, que lo que regresó no es lo mismo que lo que se fue. Para quien sospecha que los lugares no son solo el decorado de la vida sino uno de sus protagonistas silenciosos.
Somos, en parte, los lugares que hemos amado. Y amamos, en parte, los lugares que todavía no hemos encontrado.
Eso es lo que vamos a intentar comprender.
Guillaume Arès
Catorce mujeres. Catorce maneras de querer.
No hay un manual del deseo. Hay nombres. Hay caras que el tiempo no pudo apagar. Hay maneras de estar en el mundo —de mirar, de tocar, de callar, de irse— que un hombre va viendo a lo largo de una vida y que se le quedan dentro como las imágenes en una placa antigua: mientras más oscuras, más fijas.
Este libro no es un tratado sobre el amor. Es un coro. Cada capítulo es una mujer. Y cada mujer es una forma del deseo —su rostro humano, su geografía concreta, su olor. Una desea desde la primera vez, sin saber. Otra desea desde la distancia, porque la cercanía la quema. Otra desde su propia belleza, que es una cárcel suave. Otra desde la frontera, sin permitirse cruzar. Otra desde el cuerpo, que sabe antes que la cabeza. Otra desde el silencio. Otra desde la espera. Otra desde el baile, sola, cuando nadie mira. Otra desde la luz, que solo ella ve. Otra desde la fiebre, que destruye. Otra desde las estaciones, que la obligan a cambiar.
Otra desde la herida que ya no se cierra. Otra desde el borde de un acantilado. Catorce maneras. Una sola palabra para todas: deseo. He escrito este libro durante dos años. En habitaciones distintas. A horas en las que la casa duerme. Lo he escrito con la convicción incómoda de que el hombre que aparece en estas páginas —ese narrador que mira y se calla y a veces da un paso atrás para que se las vea mejor— soy y no soy yo. He cambiado nombres. He desplazado ciudades. He compuesto a una sola mujer a partir de varias y, a veces, para protegerlas, he hecho lo contrario.
Pero la verdad de lo que cuento —la temperatura del aire en una sala de espera, el sonido de unos pasos en un acantilado, la manera en que una mujer aparta el pelo de su cara con un soplido— esa verdad no se inventa.
Eso se recuerda. No escribo desde la nostalgia. Escribo desde la gratitud. Cada una de estas mujeres me dio algo —un gesto, una frase, una manera de mirar— sin saber que me lo daba. Lo que se ofrece sin saberse ofreciendo es el regalo más limpio que existe. Yo lo recibí. Y durante muchos años no supe qué hacer con eso. Ahora sí. Se devuelve. Se devuelve en palabras, lo mejor que uno tenga, para que algo del paso de aquellas mujeres por el mundo no se pierda cuando ellas y yo nos hayamos ido. Empezamos por la lluvia. Por una chica que tenía diecinueve años y que no sabía todavía el peso que iba a tener, ni en su propia vida ni en la mía.
Se llamaba Clara. O así la llamo aquí.
Guillaume Arès
El invierno pasado cené en casa de unos amigos a los que quiero y veo poco. Un piso alto, con buena calefacción y ese desorden hospitalario de las casas donde se vive de verdad. Llegamos con frío en los hombros y una botella, y salimos a la una, y la cena fue lo que son las cenas buenas: mucha mesa, poca ceremonia. Cuento esto porque en algún momento de la noche, buscando el baño, me equivoqué de puerta en el pasillo. La abrí. Alcancé a ver, en la luz que entraba conmigo desde el pasillo, un cuarto pequeño y ordenado, una cama estrecha con colcha de flores, unas zapatillas de estar por casa alineadas junto a la pata de la cama, y un olor a colonia antigua y a cerrado que no era el olor del resto de la casa. Cerré despacio. En la mesa, después, hasta los postres, nadie nombró a la madre de mi amigo, que había vivido con ellos y había muerto en primavera. Pero yo ya había visto el cuarto que la casa le seguía guardando, y desde ese momento la vi a ella en todas partes: en el hueco del aparador donde se apoyaba su silla de ruedas, que seguía libre; en la lata de galletas danesas llena de hilos que nadie de aquella familia usaba; en la manera en que mi amigo, al repartir los sitios de la mesa, saltó uno sin darse cuenta, con la naturalidad de quien esquiva un mueble que ya no está.
Volví a casa pensando que había cenado con seis personas: los cinco vivos y aquella señora de las zapatillas alineadas, que presidió la velada sin estar y sin que nadie la nombrara, desde un cuarto cerrado al fondo del pasillo.
Este libro trata de eso. De los que no están y del lugar exacto que ocupan.
La idea que lo gobierna cabe en una frase y me ha costado años poder escribirla con todas sus consecuencias: la ausencia no es un vacío, sino una forma de presencia. Lo contrario del que está no es el que falta; es el que nunca estuvo. Los que faltan, en cambio, están de otra manera: ocupan sitio, gastan luz, ordenan una mesa, cierran una puerta de un pasillo. No hay nada esotérico en esto y conviene decirlo pronto, porque este no es un libro de aparecidos: los muertos y los idos no vuelven. Lo que ocurre es más sencillo y más constante. Se quedan. Se quedan en los objetos que usaron y en los gestos que nos dejaron puestos, en las horas del día que eran suyas, en las palabras de una casa, y esa permanencia no es un fallo del olvido ni un mérito de la memoria: es la forma natural en que los seres humanos siguen habitando el mundo cuando ya no pueden hacerlo en persona. Toda casa habitada durante años está amueblada dos veces, una con lo que se ve y otra con lo que falta, y de las dos instalaciones, la segunda es la que manda.
Cada cual conoce la suya. Ese es el punto, y por eso este prólogo empieza en casa ajena: porque lo que vi aquella noche detrás de una puerta equivocada, usted lo tiene en la suya. No sé qué forma tiene. Sé que existe. Un asiento que nadie ocupa y nadie retira. Un número que se sabe de memoria y ya no llama a nadie. Una prenda que no se dona con las demás, una habitación con la puerta siempre igual, una fecha del calendario que pesa más que las contiguas, un nombre en el teléfono que no se borra. Todos vivimos rodeados de estas señales y hemos aprendido a movernos entre ellas con tanta destreza que ya no las vemos, como no ve uno los muebles de su propio pasillo hasta que se muda. Este libro es, si funciona, esa mudanza: catorce capítulos y en cada uno un objeto, uno de esos objetos, mirado de frente y despacio. Abra usted el índice. Es muy posible que encuentre ahí, con otras palabras, algo que hay en su casa. Ese capítulo es el suyo; los demás me los perdona.
No los elegí yo, por cierto. Se eligieron ellos: durante dos años fui apuntando los objetos delante de los cuales me quedaba parado sin motivo, en mi casa y en las ajenas, y cuando la lista dejó de crecer entendí que el libro estaba completo. Los inventarios de la ausencia no se redactan; se transcriben. Lo que hay en el índice no es un temario: es el acta de mis paradas.
Los ordené como los trae la vida, y eso es lo único que anticiparé de la arquitectura. La ausencia no llega entera: llega por etapas, con su calendario torpe, y este libro las recorre en orden, de la primera mañana en que el cuerpo no entiende hasta una mañana muy posterior, de otra calidad, que no voy a describir aquí porque hay que llegar a ella con las etapas hechas, como llegué yo. Diré solo esto, a modo de contrato: la primera parte de este libro duele, y no he querido rebajarla, porque el lector que esté ahora en esa parte de su vida merece compañía exacta y no consuelo rápido; y la última parte consuela, y tampoco he querido rebajarla, porque merece la misma exactitud el que ya va llegando a la luz y no encuentra quien se la confirme. Entre una y otra pasa lo que pasa siempre: se resiste, se negocia, se descubre que no solo la muerte nos deja. Si he hecho bien el trabajo, cada capítulo lo dejará a usted un poco más acompañado que el anterior, primero en el dolor y después en la calma, sin que pueda señalar la página donde una cosa se convirtió en la otra. Esa página no existe. Tampoco existió el día.
Una advertencia más forma parte del contrato, y es la que distingue a este libro de los manuales de duelo, que abundan y no me sirvieron: aquí se dicen algunas cosas que esos libros callan. Se dice el alivio que puede venir cosido al desgarro, y de qué está hecho. Se dice que hay días, pronto, demasiado pronto, en que no pensamos en ellos y se está bien, y qué hacer con esa vergüenza. Se dice la vanidad del que llora, el aburrimiento de los herederos, las cuentas innobles y simultáneas que el corazón lleva sin permiso del alma. Las digo porque las he sentido todas y porque callarlas tiene un coste que conozco: quien atraviesa esto creyendo ser el único que siente lo que no se debe, suma a su pena una culpa que no le corresponde. Prefiero el riesgo contrario. Este libro trata al lector como a un adulto en una cocina, de noche, con la casa dormida: le dice la verdad en voz baja y le deja el pan cerca.
Una digresión, ya que estamos en el terreno de los mapas, y vuelvo enseguida. Los mapas antiguos llevaban, en un recuadro del margen, la leyenda: la tabla que explica los signos, sin la cual el dibujo más hermoso es solo dibujo. Nadie mira la leyenda al principio. Se va derecho al territorio, a los nombres, a los caminos, y solo cuando algo no se entiende, una cruz, un sombreado, un límite que no sigue ningún río, se busca el margen y se aprende a leer lo que se estaba mirando. He llegado a pensar que la ausencia es eso en el mapa de una vida. No es una provincia. No añade territorio. Es la leyenda: se aprende tarde, en el margen, generalmente a la fuerza, y desde entonces todo lo anterior se entiende de otra manera. Los lugares donde crecimos, los cuerpos que quisimos, dicen otra cosa cuando alguien falta de ellos.
Lo digo también porque este es el tercer mapa que levanto, y quien haya caminado los dos primeros reconocerá el trazo. Escribí un libro sobre los lugares, convencido de que éramos su sedimento. Escribí después otro sobre el deseo, convencido de que éramos su corriente. Faltaba este, que los completa y los explica: el de los que se fueron de los lugares y del deseo, y siguen sin embargo en ambos, sosteniéndolos desde el margen. No hace falta haber leído aquellos para entrar en este; las ausencias no piden bibliografía. Pero quien venga de ellos sabrá que los tres eran el mismo empeño, y que si en el primero pregunté dónde estamos y en el segundo qué queremos, en este pregunto lo que queda cuando las dos preguntas pierden a su gente. Adelanto la respuesta corta, que no estropea nada: queda mucho. Queda casi todo. Solo que hay que aprender a leerlo, y a leer se aprende letra a letra, objeto a objeto, que es lo que viene a continuación.
No escribí este libro desde la orilla de enfrente, y es lo último que debo decir antes de apartarme. Lo escribí durante los dos años que cuenta, empezando en el estupor y terminando donde termina, sin saber al empezar cada capítulo lo que encontraría en el siguiente. Perdí a mi padre; el libro dirá cómo y dirá cuánto, y dirá también las otras pérdidas, las que no tienen esquela, que fueron saliendo al paso como salen siempre: una llamando a la otra. No traigo credenciales mejores que esas. No soy médico de nada, no represento a ninguna doctrina, no vengo a enseñar a nadie a llevar lo suyo. Vengo a hacer lo que hizo por mí, en mis peores meses, un puñado de libros honestos: sentarme al lado y nombrar bien.
Aquella noche de invierno, al despedirnos, mi amigo salió a acompañarnos al ascensor, en mangas de camisa, con el frío del descansillo haciéndole cruzar los brazos. Le dije que había sido una cena estupenda, y era verdad. Y entonces, mientras llegaba el ascensor con sus ruidos de siempre, miró un momento hacia el fondo de su propio pasillo, hacia la puerta cerrada, un vistazo de medio segundo que no me dedicó a mí ni a nadie, un gesto puramente suyo, de guardián que verifica; y al volverse me sonrió sin saber que lo había visto. Bajamos. En la calle hacía una noche limpia y helada, de farolas nítidas, y arriba, en el piso alto, quedó encendida la ventana de la cocina, donde mi amigo estaría ya recogiendo los platos de todos, contando cubiertos, poniendo cada cosa en el sitio que su casa tiene asignado para las cosas: las copas en su balda, el pan en su bolsa, y al fondo del pasillo, con la puerta cerrada y las zapatillas alineadas, su madre en el suyo.
Guillaume Arès